Cuentan las ancianas que en la noche más oscura del año, el solsticio de invierno (llamado YULE), renace el Dios que murió en Samhaín. La diosa trae al mundo al Niño-Sol, la chispa de luz en la oscuridad, el nacimiento de la semilla que poco a poco germina para ganarle la batalla a los espíritus del frío.
En la noche más oscura, prendemos el fuego para quemar todo lo viejo y empezar a dar luz al nuevo ciclo que vendrá. Así, en la quietud del frío más denso, reflexionar profundo, meditar y resguardarse.
En la noche más oscura protegeremos las puertas con ramilletes de muérdago y en los altares, ofrendas de laurel, naranjas y nueces. Arderán los inciensos de mirra y tomaremos infusiones de canela y jengibre.
Si vas al bosque, verás la muerte manifestándose en la naturaleza. Sin embargo si cierras los ojos y escuchas, podrás oír el eco vibrante de la vida: Latente, dormido y paciente.
Cuentan las ancianas que la oscuridad es sólo el período de tiempo entre dos días, y así, con la fe en la rueda del año, que gira y gira sin cesar, podremos atravesar la noche más oscura del año.